El ocaso de los ídolos:
Don Quijote de la Mancha se supone que se volvió loco de tanto leer libros de caballerías. Todo el día enfrascado en sus libros, en esas novelas de honor, valentía y castidad donde el caballero quedaba mitificado a la altura de los dioses le hizo creerse uno de ellos. Il Cavaliere (que bien traído), sufre un síntoma parecido, y es que tanto tiempo en el poder, cinco años (el lector leído sabrá que en la política italiana contemporánea permanecer un lustro en el poder es algo casi milagroso), le han hecho creerse presidente vitalicio. A mi también me gustaría estar gobernando un país sin fin, sobre todo si cuando pierda mi inmunidad corro serio peligro de ser juzgado en varios países por diversos delitos, además de la ventaja de que la gente haga lo que yo quiero.
Pero los sueños no son eternos, y la victoria de la coalición de Prodi (si bien no es el gobierno que todos querríamos para nuestro país al menos es un cambio) le ha expulsado del gobierno.
Il Cavaliere luchó y luchó, difamó y gritó, insultó y pataleó, y al final, con varios días de retraso y sin cumplir con la formalidad de felicitar al sucesor en la presidencia (que nadie se había permitido el lujo de obviar), abandonó por fin el Palazzo Chigi, equivalente italiano al Palacio de la Moncloa español.
Todos pensábamos que cuando terminaran de arrancar las uñas que había dejado clavadas en el sillón, a fuerza de agarrarse, y se sentase otro tipo a gobernar, Berlusconi pasaría a un discreto segundo plano, acostumbrándose a su nueva vida y los hobbies que se esperan en un hombre de su posición: regar bonsáis, pasear sus perros, escapar de la justicia…
Pero no, el afán de protagonismo y la falta de sentido del ridículo en algunas personas toman tientes dramáticos y en su mansión, el Palacio Grazioli, ha mandado construir un salón parecido al que tenía cuando gobernaba, amen de una mesa larga rodeada de las imprescindibles banderas y cómodas butacas propias de una sala de reuniones de ministros. Su intención, según parece, era usarla de hecho para reunirse periódicamente con sus ex-ministros y hablar de sus cosas, pero estos, algo más prudentes, han reconocido a la coalición de Prodi como ganadora y ahora son tachados de traidores por Berlusconi que dice que “ya no me fío de nadie”.
Acostumbrarse a la soledad, si has gozado de fama y atención debe ser duro, no me cabe duda, pero no puedo parar de sonreír cuando me imagino a Il Cavaliere de la triste figura, sólo y abandonado, delante de una mesa de reuniones vacía, rodeado de banderas y demás pompa ceremonial, mascando su amargura y rencor y musitando improperios (“Coglioni”) a quien sea que le intente llevar a la cama cada noche.
¿Cómo acabará Berlusconi? Se aceptan apuestas.

